Martes de insomnio

Eugenio Gutiérrez


Bolsas de súper

Ninguna propuesta de querer ayudar a la humanidad funciona, ¿en serio crees que por llevar tus propias bolsas al súper va a salvar a tus hijos? Todos matamos nuestras esperanzas del día, todos fingimos apariencias para favorecer el ambiente en el que vivimos, como un camuflaje de animales salvajes, una selva llamada San Pedro Garza García. Todas las mamás fingen apreciar el pilates, todos los padres fingir apreciar el cuerpo de sus esposas, todos los hijos fingen no entender de qué chingados hablan sus padres, como si fuera un lenguaje extraño. Todos recapitulamos nuestras semanas como exitosas, cuando no dimos ni un abrazo, cuando no miramos a los ojos a nadie por el tiempo necesario para crear una interacción incómoda, no besamos, no sonreímos, no lloramos frente al espejo, no fingimos saber bailar, ni saber cómo preparar bebidas alcohólicas para impresionar a mujeres. No amamos. No vivimos. Hacemos ejercicio solo para comparar en redes sociales con otros puñetas, para ver quién tiene el ritmo más alejado de la obesidad mortal que rompe matrimonios, (algunos no necesitan la obesidad). No vamos a misa, ni los domingos, no vemos a nuestros amigos por querer estar solos fingiendo hacer cosas como limpiar tu casa o lavar ropa solo para terminar la noche viendo pornografía.

 Ya no recordamos el rostro de nuestros hermanos, ni su edad, ni su estado civil, ni su estado emocional, ni su orientación sexual, muy apenas su segundo nombre. Si te topas a algún primo ambos fingen interés es sus carreras profesionales, esas conversaciones siempre regresan a la pregunta de qué y dónde estudiaste, para que los dos puedan tener una opinión actualizada de cómo has cagado a tu vida y pueda recordárle eso mismo a todas las tías chismosas y sus esposos que se ahogan de cacahuates y viagra. Tus ex novias no recuerdan el color de tus cejas. Odias salir de la casa por cualquier cosa, ya no cojes, ni lo buscas. Lo único de tu vida que presumes es la cantidad de ceros que persiguen tu cuenta bancaria . Intentas usar drogas modernas para poder sentir algo. No te reconoces en el espejo, eres el reflejo barato de lo que alguna vez fue algo humano. No recuerdas la última vez que te sentiste vivo, tienes tus 21 comidas de la semana en horario y planeadas, no has tomado vino desde los 23, no recuerdas el sabor de los labios de tu esposa, te cagas si el día está soleado, te cagas si llueve. 

No sonríes, no carcajeas, la última vez que corriste fue en prepa cuando fuiste a una competencia de pista y te tropezaste cuando ibas liderando el 400m al voltear a ver a un par de ojos en el público, sentada alado de tu madre, en medio de tus hermanos, un par de ojos que causara que imaginaras el primer baile en el quinta real. Terminaste en penúltimo lugar, ganó el güey del UDEM que acabó representando México y ganó una medalla de oro en Los Ángeles 2028. En segundo lugar quedó un güey del Ánahuac, a partir de esa medalla de plata toda su vida se fue a la mierda. En la universidad perdió a su padre por un choque en Av. Lázaro Cárdenas, (gracias a un puñetas en un Porsche 992 que iba en el celular).Terminó trabajando como albañil en la fachada de arquitectura de su tío. Sigue queriendo correr, pero no puede, se rompió el pie por un ladrillo desobediente que cayó desde algunos pisos arriba. En tercer lugar quedó el güey que nunca supo cómo tratar a una mujer, al cabo ese tipo de hombres siempre tienen novia. Lo conocen como El Toro. 

Recibe mensajes todos los jueves sobre los antros a los cuales va a asistir los próximos tres días. Le llegaría un mensaje de con que chicas cometería pecados. El Toro reúne a sus chivos en la esquina del noreste, siempre. Pide Tequila Añejo Clase Azul junto a una lombriz singular y jugo de granada. Un trago al tequila, mete la lombriz al jugo, y una mordida, y que la lombriz conozca el tequila en el estómago. El toro finge ir al baño en tres puntos de la noche donde va a tener 47 segundos de placer. Siempre manda informar que manden a una mujer en ese pasillo, ahí con gusto espera la paciente, suficientemente borracha para que no cuestione la situación en la que está, y solo sabe que está por llegar sus 47 segundos de gloria cuando siente la vibración de las espuelas de El Toro destrozar el piso, cada vez se siente más poderoso su odor. La chica no puede ver nada, ni escuchar, al fin antro. Solo siente el toro pasar su lengua desde su oreja hasta donde le llegue el vestido, entre menos mejor. La chica exhala de euforia, quiere quedarse en este momento toda su vida. Está siendo usada como producto de placer como nunca ha sido, no se queja, ama sentirse como trofeo por primera vez, mientras su novio sigue buscándola entre la multitud, ella ya se encontró. Es oveja de El Toro. Es víctima, pero lo quiere ser. El Toro se acomoda el Rolex antes de seguir lamiéndola como animal, como un ser de mitología maya feroz. Siente el sudor de El Toro caer sobre sus senos, sus bíceps llenos de sustancias ilícitas flexionan para causar presión contra sus hombros, poco a poco masturba la cien de la mujer. El Toro conoce todo sobre esta mujer y ni siquiera se sabe su nombre. Tiene la cuenta de mujeres hermosas en más de mil. Para él es una de tres en uno de tres días del fin de semana, cuatro fines de semanas al mes, cincuenta y dos veces al año. Ella es una de 468 mujeres al año. Pero se siente única,  quiere ser el mejor recuerdo de El Toro, se siente como la elegida de un hombre fuerte y guapo que siempre ha querido tener, de esos que hasta las madres quieren que le alinean las chacras. Se acercan los 47 segundos y la mujer de repente no tiene ninguna parte de un extraño raspando su cuerpo, ya no vive, no grita sin que nadie la escuche, no se muerde el labio superior hasta marcarlo con una capa de color pálido. La mujer abre los ojos y ahora es una de 468. No hay nadie en el pasillo. Se quita de su rostro las lágrimas de placer, de sus senos el sudor de un extraño, de sus mejillas la vergüenza, de su sangre el alcohol, de su cadera el movimiento, de su mente el recuerdo, de su alma el arrepentimiento, de sus ojos la obediencia y de su cuello las marcas de desdén.

Eugenio Gutiérrez, ©2026.



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Sobre Mí

Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.

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