
Quisiera vencer a mis demonios de una manera dramática. Que fuera una conversación conmigo mismo. Quiero poder quejarme. Gritarme como nunca he tenido los huevos. Decir todo lo que soy a todo lo que nunca fui. Quisiera poder ser honesto. El mentir sin sentido pesa cada vez más. Se va acumulando la opacidad de mis días. Cada vez hay menos amigos. Cada vez hay menos miradas peligrosas. Cada vez hay menos emociones volando por las calles. Cada vez hay menos noches eternas. Se disminuyen los rasguños de pasión. Nos convertimos en una sociedad distópica al perdernos entre amores fingidos. Nos derretimos entre sueños. ¿Por qué nos rendimos? Quemamos la piel y nos oxidamos hasta que es fácil admitir todo lo que no hicimos.
Así que busco una respuesta. Una contraseña engravada en el cemento que nos impide ver las estrellas. Un registro civil que nos haga cuestionar nuestras relaciones. Una sonrisa de un extraño que vende raspados. Una pelea en un bar para que pueda sentir algo. Un toque de la droga más ilegal en Colombia. Un tacto mágico que me cause encerrarme en mi cuarto y escribir 62 novelas sobre él. Un silencio un domingo por la mañana que me impida hablar para siempre. Un abrazo que me cure lo pendejo. Un beso que me arrepienta. Un amigo a 12 estados de distancia. Una denuncia para poder ver la apatía diaria que viven los abogados. Un choque en la carretera para poder temer por mi vida. Un jalón de jeans para sentir fricción en mi favor. Un ángulo obtuso que arruine mi sonrisa. Una idea de negocios fallida que pueda contarle a todo mundo. Un tatuaje borracho en mi coxis. Un intercambio de enfermedades transmitidas sexualmente con la bibliotecaria. Un duelo del oeste con un testigo de Jehová. Un intercambio de sílabas con Dios. Un recuerdo de mi infancia que me dé poderes.
Buscaría respuestas en todas las cuevas de Micronesia, y resulta que la respuesta estaría en la parte de atrás de una maruchan de camarón habanero. Debajo de los avisos de muerte y cáncer testicular ahí está, en itálicas y negritas. 12 palabras con las que puedes pasar toda tu vida contemplando. Puedes analizarlas o sufrirlas. Puedes tatuartelas en la lengua o vendérselas a Carlos Muñoz. Siempre las tendrás tallando tus arterias. Te conviertes en la escultura del próximo museo de antropología sobre preciado.
Toda mi vida me han dicho leyendas de cómo una Maruchan me puede infestar el cuerpo de animales microscópicos y moriría lentamente de Ébola o Papiloma Humano. Ahora como maruchans todos los días. A ver si cambian la instrucción, a ver si hay alguna actualización en los pasos a seguir. A ver si la felicidad puede costar 18 pesos con 17 centavos.
Eugenio Gutiérrez, ©2026.

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