
Búscame en tu mapa mágico. En tu televisión. En el ladrillo tallado de la cochera de la casa de tu abuela. En la cafetera que nunca usaste. Detrás del espejo. Detrás de tu marco. Búscame por que ahora estoy atorado. Estoy atorado en tu pensamiento. Abres tu correo diariamente para encontrar empaques vacíos con mi loción, mi nombre en braille, mi sangre hecha vino. Me encuentras en el sol, en una esperanza de que todo sigue igual, de que sigue siendo domingo en la casa de tu mamá. Siguen sonando los candelabros, siguen sonando los engranes de mi reloj, siguen sonando los alienígenas que viven en tu sótano. Sigues viendo mi pelo cortar el brillo de la luna en 18 partes iguales. Sigues imaginando la realeza de mi pudor pujir contra tu espalda. Sigues con una foto mía enmarcada sobre tu escritorio. Sigues ignorando tu trabajo, tus amigos. Solo tienes la imagen de mí rugiendo por tus venas, te quema, te aturde. Gritas alguna frase en latín para que aparezca frente a tu cama sin indumentaria. Pasas alado del puesto de flores cerca del parque municipal a ver si estoy comprándote un ramo de claveles.
Estoy cortándome las pestañas para acomodarlas en la forma de tu rostro. Estoy en un sótano soviético, atado con hielo y promesas de golpes de estado. Los guardias se turnan para aventarme piedras, tengo el cuerpo morado. En dos horas me van a sacrificar, aún no se donde, aún no se si tengo escape, aún no se si el final es contigo o frente a un oso. Ruego que me marques, que digas una monosílaba que me inyecte uranio. Muero de frío, muero de suerte. De poder intercambiar instantes. De poder recordar tu rostro, de poder recordar tu canción favorita. Me rastrean en la prisión, mi mejilla causando chispas contra el acero, mi hombro derecho dislocándose. No puedo controlar mi carcajada. No puedo soportar la ironía. Los tres guardias, acomodados por altura y tamaños de fruncimiento facial. Toman turnos en lanzarme piedras a mi espalda, pujo cada estrecho momento, cada piedra una integral de bondad, de compasión, pudieron haberme alimentado al pueblo más cercano. Pero decidieron mi destino en honor a Ignacio Allende, al de tu padre. Que hasta la fecha sigue en la lista negra del SAT. Mi cuerpo se oscurece, grito tu nombre en alemán, en japonés, en francés, por sílabas, en morse, cambiando la sílaba tónica, lo gimo, lo lloro, lo sofoco, lo humedezco, lo digo entre pedradas, actualizando mi moralidad entre cada golpe, lo separo por aplausos para contar todo lo que te extraño. Me castigan, aparece tu rostro entre pulsos irregulares. Mis lágrimas se congelan al momento de caer al concreto. Las heridas de mi espalda dictan tu CURP. Las de mi cuello tu mordida. Las de mi alma tu falta de presencia.
El sufrir suena tan fácil si termina contigo. Si termino cálido y limpio. Si el comunismo se termina y me salgo del año 1982. Si mi madre hubiera vivido más de 44 años. Si nunca se hubieran olvidado de mi hermano en Disney. Si los látigos no dolieran tanto. Si las espinas fueran de algodón. Si pudieras mantener contacto visual conmigo. Si pudiera inhalar grandes cantidades de humildad. Si nunca hubiéramos comprado esa botella de Mezcal. Si Interjet no la hubiera cagado. Si la ebriedad revela el interior sincero. Si no hubiera agarrado ese vuelo a El Paso. Si la heroína no fuera tan cara. Si no hubiera gastado tanto tiempo de mi vida pensando en ti. ¿Si tus brazos fueran de cuero, y el amor fuera una divisa? ¿Y si Karl Marx nunca hubiera nacido? No estuviera en esta prisión sufriendo, murmurando una línea de una canción de Phil Collins para acordarme de un sábado de niño. Sonriendo un poco más. De nuevo, ¿y si las espinas fueran de algodón ?, ¿si Jesús no hubiera sufrido tanto? ¿Y si la tablaroca no fuera famable? ¿Y si Rusia fuera un paraíso? ¿Y si las lágrimas fueran una fuente de ingresos?¿ Y si puedo volver a ver el sol? ¿Y si volamos junto a él? ¿Y si mi muerte no es tan dramática como siempre pensé?
Pasan todos los lustros que quieras. Pero sigo ahí. Víctima de la tundra. Víctima de ti.
Eugenio Gutiérrez, ©2026.

Deja un comentario