Martes de insomnio

Eugenio Gutiérrez


El abrecartas

Una tableta causa fricción en sus jeans. Le causa emoción. Un universo entero metido en 500 miligramos.

Solo espera llegar a su departamento en el centro de la ciudad cubierto de ropa sucia para ingerir la pastilla. Derretirse con sus miedos. Olvidar su soledad por 5 lustros. 

Tiene en sus manos magia negra mientras toca la campana de la iglesia para llamarle a Dios que la salve. Parada sobre el rascacielos más alto del planeta. A un minuto de dios. La pastilla incluye pensión. Incluye diez galones de sudor. Incluye un viaje al pasado al momento en el que su padre le aventaba botellas de loción. Incluye una sonrisa del cajero. Una dedicación del periódico, un pulso irregular del gobernador, un infarto a su abuela, un cambio de color de cabello a su prima, un par de lágrimas de su padre, 121 metros cuadrados más para su arrendatario. Una venta más para la funeraria de Vasconcelos. $129,000 desperdiciados para la UANL. Una mujer cualquiera, rompiéndose. Vertebra por vertebra. No sabe qué hacer con la fruta prohibida. Si quemarla, derretirla y inyectarse, si fumarla o inhalarla. Si verla por 11 segundos. A ver si sus fantasmas la convencen de que es una mala decisión.

Las paredes se descarapelan. El miedo en sus ojos se desvanece. Sus hombros se entretienen con Jarabe de Palo. Su pelo cambia de color con el contraste de la temperatura de la habitación. Su baño derrama sangre. Sus pestañas lloran. Su cadera se parte en tres. La pastilla le apunta sobre la mesa. Ella en un ángulo obtuso sobre el candelabro que nunca tuvo el tiempo para colgar.. ¿Una decisión puede arruinar toda tu vida? ¿500mg es suficiente para sedarte? ¿Para matarte? ¿Para quitarte todas las tristezas? ¿Para darte aún más? Se desviste. Una muerte desnuda es más dramática. Está sobre el tapete el cual su madre siempre le disgustó, mientras suena en su celular que nunca le puso funda “Go Slowly”. Mientras ella se va rápidamente. Parte la pastilla en 87 partes iguales, agarra la jeringa que tenía que usar para inyectarse la vacuna contra el tétanos, quema la última cuchara de la colección de su abuela.

Piensa en el resultado óptimo. Piensa en la optimización de partes. La última vez que cogió. La última vez que pudo sentir algo entre los dedos de los pies. Suena constantemente un click de una cassette VHS entrando a un player. Cómo si su vida estuviera en oferta en blockbuster. Cómo si fuera Truman. Huele a Pinol.

Alinea las 87 piezas de la pastilla como la constelación que más le dan ganas de parar de creer en la astrología. Las estrellas le mienten. El cielo de su cuarto le dicta un versículo. Una franja de esperanza que pueda amanecer mañana. Llora. Se inunda su habitación de todo lo que prometió hacer. Se retraen las cortinas. Se mete la jeringa al hombro. Queriendo sangrar, queriendo sufrir. Queriendo chillar. Queriendo ver sus últimos 7 minutos a través de la discografía de Pink Floyd.

Quiere inundar su inocencia en una sola dosis. Quiere sentir algo. Quiere que alguien le pegue en la mejilla. Suelta una gota de tranquilidad de su córnea. Suelta una burbuja de saliva sobre su mejilla. Deja que el sol regio le de su cantidad de radiación diaria. El candelabro le cala en la espalda, empieza a penetrar su coxis. Sangre empieza a chorrear el tapete. Su cabello se acomoda perfecto para un lienzo del renacimiento. El olor a cigarro quema sus neuronas. Su mente se convierte en un disco de Radiohead. El olor a naranja inflama sus arterias. Un plato de chuletas de cerdo podrido. Uvas fermentadas. Organismos microscópicos cogiendo en su chamorro. Radiografías acomodadas para parecer un mapa a el Nuncajamás. Una vuelta en U en el infierno. Una tormenta perfecta. Su madre colgándose de su armario. Su foto de pasaporte impresa en Times Square. El abrecartas de su abuelo tejiendo su antebrazo. El aliento de un oso polar en su pezón derecho. La biblia en fastforward.

Todo lo que quiso sentir. En dos segundos. Sus pupilas se oscurecen. Sonríe al ver el Cerro de la Silla por última vez, al sentir la humedad de Monterrey por última vez. Suda brisas de Los Andes. Se escucha el tráfico de Av. Constitución. Se escuchan las remodelaciones del metro. Las protestas en Zaragoza. Todos buscando contenerse. Y ella, la única capaz de sonreír sin motivo. Con el abrecartas de su abuelo clavado en su encía. En un orgasmo total.

Eugenio Gutiérrez, ©2026.



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Sobre Mí

Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.

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