Martes de insomnio

Eugenio Gutiérrez


Home

  • Esa pregunta matadora

    Corremos hacía cualquier destino, sin preocuparnos si un monstruo nos persigue, sólo veo tus talones que me guían el próximo paso, encontramos un cerro, seguimos corriendo en un bosque verde y grande como si tuviéramos siete años.

    De pronto me encuentro en un baile de los cincuentas, un poco oscuro, con globos azules y Paul Anka sonando desde el cielo, volteé hacia abajo y tus brazos estaban sobre mis hombros, y en tu muñeca se encontraba una rosa que parecía que te había regalado, no tuve tiempo de besarte cuando de pronto tu lo hiciste, y sonó nuestra canción, “Earth Angel”, esa que me hace sentir que soy George McFly, y tú Lorraine, de pronto hice un saludo a nuestro próximo hijo tocando la guitarra, se veía confundido, con una Les Paul roja, un saco que parecía tapete, bailábamos felices. Te arreglé el cabello que tenías suelto cerca de la frente, mientras te decía que esta canción será la de nuestra boda, y antes de que me pudieras contestar, todo desapareció.

    Me encontré en una colina inglesa, con una barba café, larga, y un sombrero loco, te acercabas, en mi mano derecha cargaba una canasta de picnic, buscábamos un lugar aislado, hasta la cima de un pequeño cerro lleno de pasto idéntico, y a medio almuerzo veíamos una media docena de señores ingleses haciendo desmadre, parecía que llevaban dos semanas drogados, grabando un video y cantando una canción sobre campos de fresas. 

    Después de un parpadeo me encuentro en un concierto al lado de ti, era PXNDX, el MTV Unplugged, escuchaba la canción de “Procedimientos para llegar a un común acuerdo”, volteé a verte para darme cuenta que estabas a punto de darme un golpe en la cara, acaso te hice algo, o la canción de Panda te causó tanto dolor, o fue como me vestí, o mis zapatos inundados  de lodo.

    Regresé a lo que pensé que era el presente, estaba en un rancho que parecía del centro de Estados Unidos, volteé a ver mis manos para darme cuenta que estaban quemadas y viejas, usadas, maltratadas por plumas, en el estudio había millones de libretas llenas de letras solitarias. Al salir al porche te veía a ti, también vieja, en una mecedora blanca viendo al atardecer, viendo a las plantas de trigo moverse de un lado al otro, y me veías a mi a punto de llorar.

    De nuevo todo desapareció y  otra vez te vi, pero ahora todo era más calmado, solo escuchaba una canción, “Siempreestoypati», no veía nada, ni el piso, ni el cielo, sólo a ti , y me hacías una pregunta como si la hubieras repetido mil veces, ¿Que harías ahora si te beso?

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Últimas palabras

    Sonrisas, días sin mañana, siento una preocupación de vivir, una preocupación de escapar, de correr, de sonreír cada vez que me volteas a ver.

    ¿Cómo viviríamos hoy si nos dicen que mañana no sale el sol? ¿Brincarías? ¿Gozarías? ¿Darías el beso que llevas tantos lustros guardando?¿Dirías palabras prohibidas? ¿Cantarías sin escucharte, bailarías con los ojos cerrados?

    Gritarás al atardecer, intentarías mover la luna, mover tu cuello un poco más hacia mi, tus ojos viendo el punto más sensible de mi retina. En tus últimas horas en este mundo, ¿te quejarías sobre tu trabajo, sobre tu celular, sobre tu alarma, sobre ti mismo?

    Brinca, traduce el aroma de la playa en poemas visuales, traduce miradas a dientes. ¿Y si el futuro solo es una percepción de nuestro miedo al presente? ¿Y si solo tenemos este momento para decirnos todo lo enterrado, todo el amor que somos capaces de sentir?  Ese amor que mueve montañas para salvar a tu padre de los alemanes, ese amor que ni las llamas pueden derrumbar. Las últimas palabras son más que un poema, es una colección de besos, de sílabas dirigidas solamente hacia ti, son una canción de Calamaro en cuatro segundos, un libro de Kato Gutiérrez en media mirada, las últimas palabras son tan libres, tan concisas.

    No le tengo miedo a la muerte, solo a la oscuridad, ¿habrá luz al cerrar los ojos?. Me niego a pensar que no hay nada al morir, ¿podré tener una conversación con Dios? ¿Un abrazo con mi abuela? ¿Podré contactar a mi padre a través de miradas? ¿O dejar un mensaje en las nubes, un código morse en la lluvia? 

    ¿Habrá atardeceres después de morir? ¿Habrá poesía, romance, amistad, lágrimas que obstruyen el paso de mi vida, que amargan mi propio camino hacia el próximo lunes, hacia el próximo parpadeo?

    ¿A quién le dirías tus últimas palabras?

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Alabanzas lluviosas

    ¿Dónde quedó todo el tiempo perdido? 

    Veo mis manos borrosas, me desmayo, no puedo mantenerme consciente con el pensamiento de perderte, de vivir sin tu sonrisa, cómo podré usar mis manos si tú fuiste el que me enseño a usarlas, cuando tú estás en peligro, todo lo demás solo es ruido ambiental, tiemblo al pensar que te pasaría algo.

    ¿Dónde quedaste tú después de las largas noches sin dormir? Yo quedé tratando de pensar qué hubiera pasado, dejando lentamente todo lo que amé, encontrando nuevas raíces, huyendo de guerras civiles. 

    Noches de enero que huyen de sus propios brillos, mañanas lluviosas de marzo que dejan un testamento previniendo lo que pasaría esa noche. 

    ¿Y si todo lo que he vivido es una alucinación? ¿ Y si en el sueño en el que estamos metidos solo es un chiste? ¿Y si somos un pensamiento de Sacheri, una teoría de Newton, una droga, una infección, una esperanza de un soldado, una motivación de un prisionero?

    Todas las cosas que se nos olvida valorar van lentamente desapareciendo, tener compañía mientras comes, contarle tu día, dar el segundo abrazo, darle una última mirada antes de dormir, correr junto a tu perro, bromear con un  amigo, ser educado por tu abuelo, ser admirado por tu abuela, ser respetado por tus tíos, ser mencionado por tus tías, ser abrazado por tu hermano, la sonrisa de tu hermana, ser reconocido por un extraño sin rastrillo, ser alabado por tu padre, ser amado por tu madre, ser protegido por tu perro, ser defendido por tus amigos, por ese amigo, jugar fútbol, platicar con tu primo, ser respetado por todos pero más que nadie por ti mismo.

    Repito, ¿dónde quedaste tú,? ¿Te perdiste por el camino, te caíste del  barranco mientras reías, mientras abrazabas cerrando los ojos? ¿Estás sobre una colina del bosque, donde el trueno te enreda los brazos, y te raspa las mejillas? Ahí estoy yo también, ahí nos salvaremos, ahí volveremos a vernos, ahí moveremos los huracanes que nos rodean con la mirada, y regalaremos alabanzas a los que nos rodean, aramos testimonios en tierra seca, regalaremos abrazos, nos abrazaremos mientras caminamos, nos diremos toda la alma, hablaremos sobre los solazos de los sábados, sobre el ambiente de los domingos, sobre las nubes de los miércoles, sobre la fortuna de los lunes, sobre las expectativas falsas de los viernes, sobre la inmensa nostalgia que sentimos los jueves. Hablaremos eternamente sobre nuestro camino hacia el cielo, después de que pase toda nuestra vida, cuando estemos viejos, seguiremos abrazados, gritaremos poesía con los ojos, anunciaremos a toda la sierra que vamos hacia arriba, hasta la cumbre, hasta donde nos esperan muchos, ignoraremos nuestras rodillas desgastadas, nuestros tobillos oxidados, iremos a las nubes, regresaremos a cuando todo era más simple, una mesa con cinco lugares, miradas sin pretexto, abrazos sin dudar. Subiremos levitando, esperando abrazos que antes habíamos recibido, palabras memorizadas, nostalgia divina. Subiremos y llegaremos al martes, el de insomnio, el del amor, el de rimas desconocidas. Martes llenos de abrazos con fuerza exagerada, martes en el cuál tus ojos reconocen los míos. 

    Hoy no podré publicar, estaré subiendo una sierra junto a mi hermano, mi mejor amigo, llegando al punto más alto para poder brincar a las nubes donde se encuentran ellos.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Vos y la ciudad

    Dejo que sus pies caigan sobre mis tobillos, leo mis poemas dentro de mis cejas cuando veo su pelo moverse de un lado al otro, un huracán pasó, derrumbaron medio país y ni cuenta nos dimos, yo solo me enfoqué en la próxima sílaba que ibas a decir. 

    Tengo intenciones de dedicarte parte de mi alma, tengo intenciones de regalarte un riñón, derrumbar el imperio persa para que voltees hacia atrás dos veces por lustro.

    ¿Cómo será abrazarla? ¿Cómo una supernova o como obtener una buena calificación en matemáticas? 

    Seguiremos conversando de una manera educada, de usted, hablando sobre los estímulos románticos, sobre los tipos de abrazos, sobre lo que debería durar cada beso, sobre nuestro farol favorito de la ciudad, sobre nuestro árbol predilecto de la sierra, sobre la célula de nuestros ojos preferidos. 

    Un mes de febrero, un lunes de asueto, una canción de Ed Maverick, una oportunidad, un parpadeo, una pausa cercana, una caricia, una línea improvisada, una fortuna poética, un futuro al alcance de cualquier chamaco,  un sueño de cumpleaños de cualquiera, amar a diario, besar sin pensar, abrazar mientras cierro los ojos, no dudar en agarrar la mano, decir las billones de letras que están atoradas dentro de mis pestañas, y no decirlas, sino gritarlas a un volumen que se escuchen como susurros, poemas que se les olvide rimar.

    Parece ser domingo de octubre, que los lunes están para regalar y los viernes para dedicar. Camino sobre mi legado, con contraste gris, admiro la piscina de un extraño, veo nuestro futuro en esa agua, pasar eternos sábados admirando el cielo y abrazándonos dentro de la alberca, mientras el mundo se congela, mientras que una era de hielo invade nuestra mirada periférica. El mundo pasa tan lento cuando es domingo, y aún más lento cuando se nubla, tus intenciones se revelan cuando cantas oraciones. 

    Será hoy un día para no hacer nada en lo absoluto, o será un día de victoria, de soberanía, un día para pelear por nuestros amores, por nuestros hermanos, por las cosas que nos causan sonreír, será un día para dudar algo ya escrito en piedra, o para quemar las expectativas de fortunas de nuestros fines de semana.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Colonias desérticas

    Veo mis huellas en la arena, veo mis lágrimas secas caer lentamente sobre pozos de granos que me gritan. Siento calor, pero no tengo prisa por quitarme la sudadera, tampoco por avanzar, ni siquiera me apresuro por buscar agua.

    Me siento alejado de mis principios cuando le doy la espalda al sol. Se me quiebran los huesos cuando tengo el pensamiento que mi perro no me reconozca, que ya no corra hacia mi dirección. Me lo imagino cubierto de tierra, sin ganas de brincar, congelado, dentro de la casa del infierno.
    Pero cada vez que lo veo a los ojos no tengo preocupaciones sobre él, ni sobre mi, ni sobre la clase de matemáticas, cuando juego con él, no veo mi reloj, no veo como se ha manchado mi ropa, sólo le pongo atención a sus orejas que se mueven atentas para protegerme.

    Veo mi casa infernal, fantasmal, que me cobra entrada. Todo el desierto entra en un estado mudo cuando me acerco a la puerta que ya no existe, mis memorias de ahí me marean, lloro sobre el piso. Mi pulso va más rápido que una canción de Metallica. Mientras entro a la casa del fuego trato de no recordar lo que pasó, mejor intento imaginar lo que puedo crear, dejar atrás las cenizas, construir un metrópolis de árboles con las cenizas que sobran de nuestros pasados. 

    Empiezo a ver junglas crecer en el desierto, junglas plantadas por las suelas de nuestros zapatos. Empieza a crecer la ciudad, el alma. Poemas por las calles, cultura, todo creado sobre una memoria, un desierto a una ciudad. 

    Me acuerdo de sonreír, de levitar, de hacer tus labios vibrar, de hacer tus pecas girar hacia el sol, mis manos hacen cirugía sobre tu pelo. Escucho “El amor después del amor” en la peluquería, sonrío un poco, amo mucho, abrazo más de lo usual, miro de cierta manera.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Lenguas en contacto

    Él se rompe junto al viento, se le olvidó mencionarle a ella que hasta los locos leen poemas, que los fraudes aceptan la victoria cuando pierdes esperanzas sobre la noche de los sanos. Ellos esperan que regreses a casa, que seas notario, que tu ciclo de sueño sea estable. Pero hay una chispa inundada que me deja preocupado sobre el fuego, y una gota de lluvia que me advierte sobre el huracán. Siento cuando viene la tormenta hacia mi, la ciudad se cubre por roscas grises que dejan tristezas y desilusiones sobre los pasajeros de los taxis cualquiera. Que las junglas dentro del corazón de los desiertos son infestadas de furias escondidas en el néctar de las flores más extintas del mundo.

    Él se siente como un día de lluvia, y ella como la tierra después de un aguacero. No se dan cuenta que llueve hasta que las luces de la calle les avisa. Ella es la que guarda escombros de verdades en sus cejas, tiene los secretos del universo en los labios, él alrededor de sus ojos, esto les determina el ánimo con el que vivirán el día. Él se siente a dos pasos de enamorarse, a tres parpadeos de regalar su alma y llenar su libreta de las historias que ella nunca va a poder leer. Ella pone atención en cómo habla él, su lengua empieza a patinar sobre su paladar. Escucha frases cada vez que respira, se inspira sólo en pensar cuando hablará con ella. Él vuelve a soñar, brinca en cada pasillo que caminan.

    Él le miente sobre sus gustos para que se alineen con los de ella. Intenta encontrar razones para comentar sobre su pelo.

    Se arrepiente sobre sus romances, recuerda el amor que nunca amó, recuerda otras sonrisas, otras mejillas. Él quiere volver a empezar, quiere que de tanto buscar se le aparezca una figura al final del pasillo, y que lentamente sobresalga su mirada y cambie el color de sus ojos. 

    Suena a fin de semana cuando canta con ella, piensa en la luna de miel que tendrán. Ambos están locos. A ella le gusta Calamaro, le gusta bailar con los ojos cerrados, y abrazar la música, analiza los poemas dentro de sus ojos, controla el fuego, le da chispa a sus miradas, quema su exterior y calienta sus memorias, está loca, está hermosa. No basta que la piense siempre, cada vez que la ve, se sorprende. Corren por las calles, el cielo se refleja en las avenidas como si fueran lagunas, y el atardecer se mantiene estable para el convenio de su futuro.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Eso de poesía

    ¿Qué es lo que hace a uno ser poeta? ¿Qué me citen en presentaciones de primaria? ¿Qué me usen como un ejemplo cuando mencionen mexicanos exitosos? Cuando la muerte nos inunde lo único que vivirá serán mis palabras, sujetos volando por la noche tratando de buscar sus predicados.

    Los poetas rondan por las calles, flotando, parpadean poemas en código morse, hablan sin trabarse, y pueden romper vidrios sin rasparse las cejas, pueden perfeccionar equivocarse.

    Los poetas cuestionan todo, y aman que odian los domingos, viven todos los días como el primero o el último, cualquier clima los inspira, cualquier temperatura. Su mejor amigo es la pluma, aspiran a la soledad, pero cuando ya está oscuro, solo esperan que alguien regrese con ellos, no se quieren levantar solos los lunes.

    Los poetas se esconden dentro de la tierra, en cuevas sumergidas dentro de los volcanes, sus letras causan las erupciones. Le temen a la hoja en blanco. Abusan de las épocas, de los años, quieren que los celulares exploten y que la gente escuche los poemas de Gabriel García Márquez, que los traumas se evaporen, y que olvidemos los dolores. 

    Que las cueva donde vivimos sea helada, para que las letras nos quiten el hielo de encima. 

    Entre cada minuto que la noche vence, estamos más cerca de cuestionar nuestras decisiones, de arrepentirnos de los besos que nunca dimos y de uno que otro que regalamos. 

    Duele la pierna, duelen los ojos, quieren cerrarse, pero el alma me mantiene despierto, inventando preocupaciones, o exagerando relatos, tomando muy en serio la mirada de una chica, pero ¿y si me quería decir algo?, ¿Y si era la mirada? Mi mente sólo quiere dormir, pero algo de los ojos de una extraña me mantiene despierto, es tan especial una mirada cuando no conoces los defectos de amar, o de esperar. 

    Los poetas viven de la nostalgia, de ese sentimiento cálido de Navidad cuando sientes el frío desde la ventana de la casa de tu abuela, de ese sentimiento provocado por la música que escuchaste alguna vez en la sala de espera del dentista. De extrañar ese olor de aquellas tiendas de juguetes, de la añoranza de escuchar la música que tu padre te ponía en el carro, y tanto te quejabas…Ya no te quejas.

    El poeta se mueve con el aire, pide por sol, pero reza por lluvia, siempre espera los atardeceres y siempre tiene una pluma en el bolsillo izquierdo.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Él y ella

    Él y ella aman la soledad en pares, escuchar sus propias voces, se cantan poemas y juntos solo existen sonrisas. Están arrumbados, en la playa, la única preocupación es el sol, cada veinte olas, se voltean a ver y se sonríen. Extienden el brazo lentamente, parece que son los descubridores de esta  isla. 

    Ella lee un libro de Ken Follet, la brisa mueve su pelo, y la brisa le mueve el pareo. Él espera las brisas del viento, trata de leer, pero no puede, imposible desperdiciar tiempo en un libro de ventas cuando tienes a una modelo a diez centímetros. El bikini de ella es de una marca francesa complicada de pronunciar, de un color que no le enseñaron a él en la primaria, y cada vez que intenta decirlo ella lo corrige.

    Cada par de minutos iban a caminar en paralelo a la costa, platicaban de sus sueños, él le decía que no tenía sueños, que el único era regresar a este momento, vivirlo eternamente, tener una foto en blanco, e imaginarse estos momentos. Ella veía todo en sus ojos, se inspiraba en cada uno de sus lunares, nunca le quería decir adiós. Se acordaban de los momentos cuando se conocieron, se acercaban el pie lentamente sin verse a los ojos. 

    Se pararon y voltearon hacia el océano, veían sus futuros brincar como ballenas, soñaban en ser padres, en partir su corazón en tres. Y se quedaron sentados justo donde pasan las olas, hasta que al sol le quedaban doce minutos.

    De repente el sonido ambiental enmudeció, sólo había silencio, pánico les entraba a la mente cuando no podían escuchar la voz de cada uno, lo único que podían hacer era abrazarse. Sintieron el agua que tenían en los tobillos retraerse al océano, como si fuera Los Cabos, no querían comprender lo que estaba pasando, sentían escalofríos.

    Entre abrazarse tan fuerte les regresó el sonido, y sólo escuchaban a sus lágrimas. Ella lloraba aterradoramente, él sabía que tenían dos minutos para decir adiós. Él trataba de ser fuerte, ¿pero cómo ver a los ojos a la muerte sin parpadear?

    Él inició su última conversación, le decía que era lo mejor que le había pasado en su vida, que el sol queda corto, las estrellas la copian todas las noches, que amar es el mejor regalo que les dio Dios. Recordó cuando la conoció, una mujer tímida comiendo sola en Centrales.

    Ella, después de quitarse lágrimas de los ojos, seguía la conversación diciendo que nada de lo que han vivido importa, le agarró las manos, le dijo que lo único que importaba era ese momento, tú y yo, tú y yo. 
    Escuchaban la ola acercándose, sin voltear, él le dijo: “Nunca vas a perder mi vista, ni mi sonrisa”. Ella  asustada le contestó, “¿Crees en eso de vivir dos veces?” Él vio la ola a catorce segundos de quitarles la vida “Creo en eso del amor, creo en los encuentros cercanos, creo que en donde quedemos vamos a permanecer inseparables. Creo que nada en este universo puede separar el amor, ni una ola, ni un hoyo negro, ni una materia reprobada, en mi universo solo existe el balance cuando nuestras almas están cerca” Mientras les salía una sonrisa a los dos, finalmente voltearon hacia la ola enorme, se apretaban cada vez más fuerte la mano, instantes antes que la ola les rompiera en el rostro, se vieron a los ojos y era todo lo que necesitaban para no temer a lo que seguía.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Lunes de locuras

    Escondiendo sus principios, enterrando sus motivos, arrastrando su miseria, estábamos donde los silencios dan punzadas en los oídos, ella cubría sus cejas con un libro que no sabía de qué trata. Sólo mueve su pie contra el piso, como si Spinetta estuviera pisando el pedal de distorsión. Ella se distorsiona, se oculta en su sombra, ama las noches brillantes, y piensa en lo que le falta, un poema, una palabra que nunca le dijeron. 

    ¿Te recuerda a él lo que lees? A lociones preferidas, zapatos reconocidos, olor a carro nuevo. Yo te cuento mi libro, inicia con un chico que en todos los momentos se siente como un jugador entrenando para algo importante, pero no sabiendo contra quien irá en la final, peleando contra mis demonios de donde salen ángeles. 

    Tirarnos es lo que nos cura, donde nos pique el pasto, y cuando volteemos hacia el cielo relacionar la vía láctea con tus ojos. A eso aspiro, regalar poemas, traerlos tatuados en mis manos para que los puedas leer, para que sientas lo que leo, para que pueda caminar sobre lo que me decepciona, para levitar sobre tu pelo liso y chino. Que esto se traté de los poemas y no de los contratos, que las casualidades no existan, que mis calcetas de tréboles solo las use por gusto. Que nos defina lo que hemos hecho bien, no en lo que la hemos cagado.  

    Tendremos que seguir brillando después de las olas de fuego, usar las chispas que nos regale la marea, y usarlas para desaparecer el frío. Bailar mientras subimos las escaleras, y cantar como en un musical. Encontrar canciones por accidente, y escuchar los suspiros del cubículo de al lado, las promesas de los vecinos, la desesperación de la bibliotecaria al saber que su hija chocó en Morones Prieto. 

    Escuchar melodías que vuelan por la tarde, como alientos de la cocina de la abuela, tener la tentación de suspirar por varias ocasiones, para imaginarnos sonriendo.

    Me imagino un café italiano, un atardecer que se refleja en el río cercano, me imagino con un periódico, del año que quieras, y con la mirada fija hacia el cielo que va escondiéndose lentamente en un bolsillo. Hasta que llegas tú viendo lo que estoy viendo, y me explicarías cómo te convertiste en artista famosa, me platicarías cómo colgaron una de tus obras en el Museo del Louvre. Y nos quedaríamos hablando hasta que el sol saliera de la cueva donde se esconden los poetas.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Letras que espinan

    Página en blanco atando mis manos, al teclado le salen espinas, el calor ahuyenta nuestras iniciales para denunciar nuestros sueños, el pavimento se olvida de nosotros mientra desgasta nuestros zapatos, los olores de donde venimos inundan nuestros ojos.

    Escucho las melodías de Cerati, imagino desbalance al hablar, incertidumbre cuando vienen las miradas, interacciones de amor tratando de ser recuperadas. Imagino esas noches cálidas, dónde los poemas riman, y la perfecta excusa de evitar sonreír es que ya lo estamos haciendo.

    Imagino una rubia de pelo chino, ojos llenos de nubes gigantes llenas de polvo espacial. Ella se pararía con la pierna derecha medio paso hacia atrás, y una mano en la cadera. 

    Mientras muero regreso con pasos lentos hacia la casa de mi demonio, hacia las escaleras que se derriten como paleta en la humedad de los sábados grises.

    Ahumada es como se encuentra la ropa repetida de domingo, porque dudamos de lo hemos hecho, porque no existen los puentes opcionales, ni saltarnos melancolías, mucho menos brincar sobre ríos de pecados ya confesados. 

    Quisiera despertar olvidándome donde me encuentro y qué mes es, que el monte nos aviente brisas frías, caminar lentamente inclinado hacia atrás, con un fondo azul fuerte, y una nube de humo rodeándome constantemente.

    Contar las moléculas que inhalo, presenciar mi muerte en tercera persona, quiero que el frío se sienta como abrazos. Hoy te encontré a cuatro pasos del río, con tus ojos invadidos por la noche, me quedé viendo hacia arriba y descubrí como las estrellas le temían a tu mirada.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

Sobre Mí

Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.

Newsletter