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Alucinar junto a Uma Thurman

¿Dónde estás tú? ¿Dónde estoy yo?
Saliendo del pensamiento minimalista de la niebla está un viento que me altera la mirada, un frío que me relaja.
Quisiera recordar mis miedos de los seis años. Quisiera recordar como sentí el estómago cuando vi mi primer amor por primera vez. Quisiera saber cuándo cambiará mi vida. A un minuto de aquí estoy bailando con Chuck Berry en una cocina costosa, tratando de olvidar que mañana es lunes. Tratando de olvidar que me duele la espalda. Ahí es donde quiero estar. Junto a alguien que quiera bailar como Uma Thurman.
Todos tienen épocas en la vida a dónde quisieran regresar. Creo que estoy en una de esas. Como no querer regresar a los años en donde aún pueda correr, dónde aún pueda recordar mi infancia. Donde mi padre sigue sonriendo. Donde mi madre sigue riendo. Donde mi perro sigue persiguiendo una pelota babeada.
Cambiemos nuestros rostros, para alucinar al ver nuestros ojos por primera vez.
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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Cincuenta y dos veces

Entre tantas hojas garabateadas el pibe se inspira por cada mujer que entierra sus tacones en el cemento de las calles que no paran de reconstruirse.
Los atardeceres le llegan al alma, las noches le congelan el cabello. Una mujer perfecta controla sus muñecas como un títere para hacer algunas palabras sonar con razón. Esas sílabas sólo le hacen razón a él. Suficiente.
Cada palabra le suma una estrella a los ojos de él. Cada rima lo detiene por un momento, y una mirada le sugiere el escape de la metrópolis.
Cada martes él deja su libertad bailar frente a sus ojos, baila lentamente para crear historias con reinos de amor incompleto, con fugas de incertidumbre. Y así cincuenta y dos martes seguidos.
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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Abrazos fantasmales

Murió en la noche. Nadie sabe cómo.
Ahora se me aparece como un fantasma, como si no hubiera muerto. No sé si alucino, o si en verdad vuela. Me acompaña durante mis exhalaciones relucientes.
Nunca sabes disfrutar un momento, hasta que se hace una memoria. Una amistad, un perro, una sonrisa, un abrazo honesto. Ahora me cuesta tanto caminar solo. Ahora vivo con la mirada hacia el piso. Recuerdo lo que decía el fantasma. “No olvides ahora para recordar mañana. Vive hoy y recuerda para siempre”
Visito su tumba todos los días. Las estaciones del año me rodeaban, la gabardina que llevaba puesta se movía gracias al viento punzo cortante. Alguna canción triste sonaba.
“¿Recuerdas cómo fue?”
“Sólo me acuerdo de ver una mano extendiéndose hacia mi, y puse la mía, ahí me mostró una recopilación de los mejores momentos de mi vida”
“¿Qué apareció?”
“Cuando te conocí, cuando me invitaste a jugar futbol”
Tenemos que aprender a olvidar los demonios, recordar a los ángeles que nos rodean a todo momento. A él que vuela a tu lado, al que no le niegas ningún abrazo.
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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Interludio

¿Qué es sonreír?
Olvidar
¿Olvidar?
Sí, sonreír es olvidarte de todo
¿Todo?
Olvidarte de todo, de tu tarea, de tu cuenta bancaria, de tu dolor de espalda
¿Y si no puedo olvidar eso?
Entonces finge olvidar hasta que en verdad olvides
¿Y si no te puedo olvidar?
…
¿Y si cambiaste mi manera de caminar? ¿Y si tú me curaste? ¿Y si tú estás al final del camino? Ese del que canta Fito…
No puedo amarte y curarte.
Entonces sólo ámame.
…
¿Dónde estás?
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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(Móviles) Jobs es un puñetas

Ya no existen las semanas, ya nos aturdimos tanto que ya no existen los calendarios, ni los celulares, a huevo.
Ahora el romance se siente real, vas a un bar sin saber qué día será mañana, ahora podemos hablar honestamente sin presión de que nos griten, ahora podemos bailar con pasión, cantar sin pensar dos veces.
Ahora solo existen las Polaroids de besos auxiliares. Las llamadas de teléfono fijo ahora tienen sentido, pinche Jobs.
Ahora todos los días se sienten como asuetos.
En las playas siempre se nubla, en los montes llueve esperanzas, en las calles el vaho se reconoce rotundamente. El orgullo desaparece, el odio disminuye, el amor aumenta.
Ahora ya podemos dejar de desgastar el esternocleidomastoideo y voltear hacia el nivel del mar, hacia donde el cuerpo de ella sale de la neblina.
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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Los de los labios irritados

Una pareja distante se dirige hacia el elevador del piso 16 del edificio de departamentos costosos, no hablan, él selecciona el botón del sótano uno. Cuando él la voltea a ver y trata de decir algo, ella suspira de una manera exagerada para que no se escucharan sus palabras.
Él cree en el amor, ella no le cree a él.
Llegan a su Jeep negro mate, y ella no deja que le abra la puerta. Se dirigen hacia una fiesta a la cual ninguno de los dos querían ir.
Como si estuvieran mudos, sólo se miran de diferentes maneras y tocan barra del bar, mandándose mensajes en código morse.Las uñas que de ella crujen la madera fina de la barra. Él siente los siete pecados capitales escondidos en las telas rojas del vestido que ella porta. Sus hombros lo persuaden a seguir rogándole.
Ella paró de mirar hacia el techo, en donde parecía buscar respuestas de un examen de matemáticas. Él tiene su mirada clavada en el vestido, ha dejado de escuchar, ahora ve el ambiente borroso. Imagina su lengua haciendo contacto con sus dientes y paladar, aunque luego siguiera un reclamo de ella.
Ahora se odian, antes se amaban, en algún tiempo no se escapaban de sus miradas, ahora sólo esperan quedarse dormidos para no poder ver la cara del otro.
Sólo se aman cuando duermen, y sólo duermen cuando paran de amar. Cada día buscan una excusa para evitar sus labios.
Él piensa lo que sería volver a vivir aquellas miradas imponentes y mágicas, cómo sería volver a sentir sus manos frías pero cálidas, cómo sería acariciar sus clavículas una vez más.
Ahora él tiende a escuchar ciertas canciones de Pxndx, ella busca alguien que se la tome en serio. Él sueña con ese vestido rojo, esa actitud silenciosa, esos tacones diabólicos.
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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A partir de nuestros labios

¿Quienes somos al dormir? Unas cuantas células tratando de verse importantes. Me encuentro en un baldío, dentro de la gran ciudad, humillado por la saliva de la gente de dinero, tratando de negar el miedo que siento cuando llega la noche.
Sólo quiero seguir tus indicaciones, observar y copiar tus pasos.
No puedo resistir la cálida sonrisa que aparece en mi rostro cuando pienso en esta vida, quizá solo es una, o quizá ya son eternas las que vivimos. Puede ser que fuimos átomos de una estrella en una vida pasada, pero lo único que tengo en la mente ahora es tu cuerpo bailando después de la fiesta al lado del mar. Desde ese momento todo en mi vida se volvió insignificante, que la vida me tire todas sus balas, tu pensamiento es mi escudo. Los billetes que todos desean poseer, me cagan. Puede ser que tu amor me este infectando con un virus, o quizá curando de una epidemia.
Espero todo el día para verte a los ojos, todas mis verdades ahora tú las posees, todas mis venas se conectan a las tuyas, ahora mi mano tiene Resistol junto a la tuya. El olor de tu cabello soltará dopamina para siempre, escalaremos el Everest descalzos, nadaremos hasta una isla abandonada y crearemos una metrópolis a partir de nuestros labios. Que el mundo lance sus tsunamis y volcanes, aquí estaremos sonriendo, con la brisa moviéndonos suavemente los rostros hasta que nuestras pupilas choquen.
Junto a ti siento siete continentes bajo mis pies, alucino que las bombas nucleares en el horizonte son estrellas.
Eugenio Gutiérrez, © 2024
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Vos sos el regalo

Vos sos el regalo, nosotros somos el regalo, somos sonrisas alteradas en el tiempo, somos velas en una tormenta de vidrios. Somos ahora, no ayer no hoy en la mañana, somos ahora. Somos la compilación de miles de miradas complejas, pasados escapados, somos el amor que auye todas las Noches Buenas.
Somos las nubes de un asueto necesitado, somos el sol de una cosecha crítica, somos el pasto del cual nuestros nietos aprenderán a correr, somos un cable a tierra para cualquier pibe, somos una cadena de favores.
Somos el suspiro antes de un beso.
Eugenio Gutiérrez, © 2023
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Veamos la noche

Veamos la noche, sólo por un instante, en este espacio que nos rodea sólo existen sombras que nos intentan distraer. Mi cartera cargada de esperanzas me baja los pantalones, el sauna que siento dentro de mi abrigo cuando hace frío me pone pájaros sobre la cabeza.
Veamos la noche. Fabiana quiere besarse conmigo, yo la rechazo y le propongo sólo mirarnos a una distancia en que pueda ver la luna reflejada en sus ojos.
Fabiana me ruega por un beso, yo le ruego que escuche mi poema, le ruego que escuche una nueva canción que le escribí. Mientras le canto me mira como si estuviera chimuelo. Pienso que esta canción será un hit, quizá podré reunir por tercera vez la vieja banda, pero cómo podré dejar la mujer perfecta aquí en un campo donde la única audiencia son algunos grillos metiches.
Mi guitarra comienza a expulsar flujos de energía azul, como si fuera un glaciar en erupción. Levitamos, quizá Fabi le metió algo a mi trago o su mirada me pega tanto.
Desde mi visión periférica rompemos la estratosfera y estamos por pasar la luna. Hay luces que se reflejan en las pupilas de Fabi, quizá es una nave de monstruos espaciales que van rumbo a la tierra. Quizá Rusia ya metió los códigos mortales, quizá el sol explotó, todo vale madres. Yo sólo puedo admirar como ella roba toda la luz de mis ojos y su cabello me persuade a seguir maltratándome las manos al tocar la guitarra sin púa.
Eugenio Gutiérrez, © 2023
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Cultivación de esperanza

Y así nos encontramos muchos. A la orilla del escape, al alcance de la victoria, a un beso de ser felices. El bosque eterno que es esta ciudad se inunda con llamas, sólo queda un árbol débil y sucio. Sólo queda esta banca con olor a la leña sagrada de mi abuelo. Me acuesto sobre esta banca y lo único que puedo hacer es sacar mi pluma y libreta y escribir sobre lo que pasa. Llamas del infierno queman nuestros principios.
No sé si ya nos quemó, estoy muy ocupado tratando de describir la textura del árbol, quizá nada se esté quemando y sólo llegaste tú, quizás se quema todo por la falta de tu presencia.
Todo lo ambiental vale madres, todo lo veo borroso, me asombro de la habilidad de este árbol de no morir, como un boxeador en el quinto round, como un estudiante cualquiera en finales. Todo el mundo se caía en una avalancha, y este grandioso árbol seguía verde, sus hermanos ya eran cenizas, quizás yo ya era polvo o algo similar, pero alguna parte de mi siguió viendo los edificios de residencias explotar simultáneamente, como las bombas de los rusos, como un seis en mate, como mirarte en confusión.
Eugenio Gutiérrez, © 2023
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Sobre Mí
Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.
