Martes de insomnio

Eugenio Gutiérrez


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  • Los de los labios irritados

    Una pareja distante se dirige hacia el elevador del piso 16 del edificio de departamentos costosos, no hablan, él selecciona el botón del sótano uno. Cuando él la voltea a ver y trata de decir algo, ella suspira de una manera exagerada para que no se escucharan sus palabras.

    Él cree en el amor, ella no le cree a él.

    Llegan a su Jeep negro mate, y ella no deja que le abra la puerta. Se dirigen hacia una fiesta a la cual ninguno de los dos querían ir.
    Como si estuvieran mudos, sólo se miran de diferentes maneras y tocan barra del bar, mandándose mensajes en código morse. 

    Las uñas que de ella crujen la madera fina de la barra. Él siente los siete pecados capitales escondidos en las telas rojas del vestido que ella porta. Sus hombros lo persuaden a seguir rogándole. 

    Ella paró de mirar hacia el techo, en donde parecía buscar respuestas de un examen de matemáticas. Él tiene su mirada clavada en el vestido, ha dejado de escuchar, ahora ve el ambiente borroso. Imagina su lengua haciendo contacto con sus dientes y paladar, aunque luego siguiera un reclamo de ella.

    Ahora se odian, antes se amaban, en algún tiempo no se escapaban de sus miradas, ahora sólo esperan quedarse dormidos para no poder ver la cara del otro. 

    Sólo se aman cuando duermen, y sólo duermen cuando paran de amar. Cada día buscan una excusa para evitar sus labios.

    Él piensa lo que sería volver a vivir aquellas miradas imponentes y mágicas, cómo sería volver a sentir sus manos frías pero cálidas, cómo sería acariciar sus clavículas una vez más.

    Ahora él tiende a escuchar ciertas canciones de Pxndx, ella busca alguien que se la tome en serio. Él sueña con ese vestido rojo, esa actitud silenciosa, esos tacones diabólicos.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • A partir de nuestros labios

    ¿Quienes somos al dormir? Unas cuantas células tratando de verse importantes. Me encuentro en un baldío, dentro de la gran ciudad, humillado por la saliva de la gente de dinero, tratando de negar el miedo que siento cuando llega la noche.

    Sólo quiero seguir tus indicaciones, observar y copiar tus pasos. 

    No puedo resistir la cálida sonrisa que aparece en mi rostro cuando pienso en esta vida, quizá solo es una, o quizá ya son eternas las que vivimos. Puede ser que fuimos átomos de una estrella en una vida pasada, pero lo único que tengo en la mente ahora es tu cuerpo bailando después de la fiesta al lado del mar. Desde ese momento todo en mi vida se volvió insignificante, que la vida me tire todas sus balas, tu pensamiento es mi escudo. Los billetes que todos desean poseer, me cagan. Puede ser que tu amor me este infectando con un virus, o quizá curando de una epidemia.

    Espero todo el día para verte a los ojos, todas mis verdades ahora tú las posees, todas mis venas se conectan a las tuyas, ahora mi mano tiene Resistol junto a la tuya. El olor de tu cabello soltará dopamina para siempre, escalaremos el Everest descalzos, nadaremos hasta una isla abandonada y crearemos una metrópolis a partir de nuestros labios. Que el mundo lance sus tsunamis y volcanes, aquí estaremos sonriendo, con la brisa moviéndonos suavemente los rostros hasta que nuestras pupilas choquen.

    Junto a ti siento siete continentes bajo mis pies, alucino que las bombas nucleares en el horizonte son estrellas.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Vos sos el regalo

    Vos sos el regalo, nosotros somos el regalo, somos sonrisas alteradas en el tiempo, somos velas en una tormenta de vidrios. Somos ahora, no ayer no hoy en la mañana, somos ahora. Somos la compilación de miles de miradas complejas, pasados escapados, somos el amor que auye todas las Noches Buenas. 

    Somos las nubes de un asueto necesitado, somos el sol de una cosecha crítica, somos el pasto del cual nuestros nietos aprenderán a correr, somos un cable a tierra para cualquier pibe, somos una cadena de favores. 

    Somos el suspiro antes de un beso.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Veamos la noche

    Veamos la noche, sólo por un instante, en este espacio que nos rodea sólo existen sombras que nos intentan distraer. Mi cartera cargada de esperanzas me baja los pantalones, el sauna que siento dentro de mi abrigo cuando hace frío me pone pájaros sobre la cabeza.

    Veamos la noche. Fabiana quiere besarse conmigo, yo la rechazo y le propongo sólo mirarnos a una distancia en que pueda ver la luna reflejada en sus ojos.

    Fabiana me ruega por un beso, yo le ruego que escuche mi poema, le ruego que escuche una nueva canción que le escribí. Mientras le canto me mira como si estuviera chimuelo. Pienso que esta canción será un hit, quizá podré reunir por tercera vez la vieja banda, pero cómo podré dejar la mujer perfecta aquí en un campo donde la única audiencia son algunos grillos metiches. 

    Mi guitarra comienza a expulsar flujos de energía azul, como si fuera un glaciar en erupción. Levitamos, quizá Fabi le metió algo a mi trago o su mirada me pega tanto. 

    Desde mi visión periférica rompemos la estratosfera y estamos por pasar la luna. Hay luces que se reflejan en las pupilas de Fabi, quizá es una nave de monstruos espaciales que van rumbo a la tierra. Quizá Rusia ya metió los códigos mortales, quizá el sol explotó, todo vale madres. Yo sólo puedo admirar como ella roba  toda la luz de mis ojos y  su cabello me persuade a seguir maltratándome las manos al tocar la guitarra sin púa.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Cultivación de esperanza

    Y así nos encontramos muchos. A la orilla del escape, al alcance de la victoria, a un beso de ser felices. El bosque eterno que es esta ciudad se inunda con llamas, sólo queda un árbol débil y sucio. Sólo queda esta banca con olor a la leña sagrada de mi abuelo. Me acuesto sobre esta banca y lo único que puedo hacer es sacar mi pluma y libreta y escribir sobre lo que pasa. Llamas del infierno queman nuestros principios. 

    No sé si ya nos quemó, estoy muy ocupado tratando de describir la textura del árbol, quizá nada se esté quemando y sólo llegaste tú, quizás se quema todo por la falta de tu presencia. 

    Todo lo ambiental vale madres, todo lo veo borroso, me asombro de la habilidad de este árbol de no morir, como un boxeador en el quinto round, como un estudiante cualquiera en finales. Todo el mundo se caía en una avalancha, y este grandioso árbol seguía verde, sus hermanos ya eran cenizas, quizás yo ya era polvo o algo similar, pero alguna parte de mi siguió viendo los edificios de residencias explotar simultáneamente, como las bombas de los rusos, como un seis en mate, como mirarte en confusión.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Soledades invictas

    Caminábamos hacia dos sillas, no había otras almas en la tierra, sólo existíamos él y yo, me quedé dormido en el fin del mundo. Tener una conversación honesta se percibió más real, una oscuridad nos invadía la visión periférica. 

    Me acostaba en las sillas de mi escuela. Todo estaba vacío, mis ojos manchados por una tonalidad amarillo y gris. Tenía algo de frío. Caminar por los pasillos de ahí era algo como andar en Times Square vacío. Entré a la oficina de la directora, jugué fútbol. Pude destrozar las sillas, los libros. 

    Las mentiras no existen. La nostalgia me envolvió las pestañas cuando entré a una casa de los días pasados, olores a polvo me arrancan sangre de la nariz. Las brisas me comandan la mirada 

    El hombre no es digno de estar con alguien más, la soledad es un atributo del náufrago que somos todos los lunes. 

    Las verdades no existen, las brisas nos despeinan las palabras, ¿cuándo podremos decir la verdad? ¿Cuando alguien se muera? ¿Cuando sea el fin del mundo?

    Las mentiras no existen, las verdades se acercan, los labios se acumulan, las frases románticas se pronuncian como si fueran elogios.

    Si las soledades se pudieran elegir, yo estaría en un campo lejano, con árboles llenos de huellas, costas llenas de memorias de primeros pasos, campos de pasto con la inclinación perfecta para soportar nuestras espaldas.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Sierras filosas y clavículas andantes

    Vamos, vamos sin importar que sea lunes. A el cerro lodoso, a ese donde tus tobillos se reflejan solo un poco más que en esta mierda contaminada. 

    En esta ciudad hasta las miradas cuestan, las sonrisas son ignoradas, el agua ya no es clara, tu pelo purifica miradas, tus hombros de alguna forma me alteran el comportamiento. 

    El punto más alto del cielo nos llama, quiere ser testigo de nuestro baile de chispas de navidad entre la cadera, de brisas que te entierran las agujas necesarias para derrumbarte. Me sorprende con sus pelvis, me mira con sus cejas, me llama con sus pasos celestiales. Su vestido hace que mi saco se vea como un uniforme escolar. 

    Sobre ciertos temas solo puedo sonreír. Estar a un paso de la muerte enseñándole mis encías descoloridas.

    Hay ciertos momentos en la oscuridad que todo está claro. Las sombras ya no persiguen a los que cargan miseria, ahora  persiguen a los que las evitan. Le invito un trago a la soledad, (sólo quiere alguien con quien hablar).

    El cielo hoy tiene un tono de gris pre-evento importante. El cielo de un concierto. Un domingo amargado cambia cuando se acerca el momento en que abres los ojos. 

    El mundo entero no importa, lo más importante lo siento en mi hombro. Siento una fortuna de los días nublados, un regalo de la lluvia delgada, un favor de las sequías. Toda la tierra te mira a ti, solo te puedes fijar en la manera que te dañan la espalda. Las rimas que escondes en tus pupilas me dicen que huyas de tu celular, que corras con este loco que tanto te sonríe con los ojos.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • 112 sílabas atadas a mi cuello

    Sentir es amar, amar es olvidar, olvidar es querer amar, querer amar es suficiente, suficiente nunca será eso mismo, eso mismo es lo que amo, lo que amo es la manera que me miras cuando leo esto, cuando leo esto piensas en mí, cuando piensas en mí recuerdas este momento, este momento es todo, todo eres tú, y tú eres todo.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Ojeras (el pasado no existe)

    El color morado me impide ver durante el día, en las noches me causa derrumbarme, el pasado no existe, es un láser apuntando hacia nuestros templos, forzándonos a rezarle, impidiendo que veamos nuestro presente como un regalo. Eso que me mata, la incertidumbre al dormir, una gripa cualquiera.

    Cómo acomodarías las estrellas esta noche si sabrías que sería la última. Sería tan hermoso el mundo si no contáramos los días, si pudieras escoger tu fin de semana. Qué tan fuerte tirarías un golpe para salvarte de caer esclavo de ti mismo, pensar que todo se basa en ti.

    Hay una canción y una mujer que me deja pensando en lo que pudiera hacer, en lo que pude hacer, pero el pasado no existe, sólo es una memoria que lentamente desaparece, sólo existe el momento clave en el que te entrego una carta, un pedazo de mi alma, ¿será un error?

    Solo me quiero deshacer un poco de las sombras que me controlan a través de mis medios días, me cambian los ojos, me cambian el color de la piel que se encuentra debajo de mis ojos, me hace ver cansado, sin ganas, me tuerce y me esclavizan las palabras.

    Vivimos vidas infinitas al mismo tiempo, se llama imaginación, se llama no poner atención en clase de matemáticas. Tengo una conversación con un loco, ese del espejo, me dice tanto sin mover los labios, me habla con la postura de sus hombros, ¿quién será ese?. Ese me apunta con una pistola, o una mirada, u otra cosa igualmente peligrosa, me genera alivio pensar que ese soy yo. Me genera miedo no sentir la lluvia mientras la veo caer gracias a el faro de la calle que está en el presente. En el futuro aún no hay calle, y allá en el pasado hay un tráfico parecido al de Gonzalitos, de ahí ya no regresas, afortunadamente un gran samaritano ha quitado la vuelta en u, y me quedo en esta calle del presente, que sólo puedes ver tu próximo paso.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

  • Sobre la muerte

    Subo despacio escaleras doradas que llegan al festival del cielo, al misterio del después del último respiro, recuerdo lo que me cambió, recuerdo cuando me di cuenta que todos morirán. 

    Veo la oscuridad alrededor de mi, siendo espectadora a mi escalada, cada escalón me muestra una memoria, mi padre enseñándome manejar, yo contándole a un amigo de cuando me rompieron el alma. 

    Las letras que escribí son lentamente tatuadas en mi cuerpo, trato de fingir dolor, pero al ver que no hay nadie alrededor de mi, me lo guardo. De pronto me siento seguro de mi mismo, de pronto me arrepiento de no dar un abrazo, de no interpretar una mirada de manera explosiva, de pronto la sal de las escaleras me derrumba, se me abre la cabeza, ahora veo oscuridad a causa de que mis pestañas no quieren abrirse, me siento como después de bañarme en la madrugada, frío, caliente, confundido, con ganas de no moverme.

    Recuerdo todas las personas que me quieren, gritando mi nombre, gritando pequeños elogios como si fuera mi funeral. Dentro de la oscuridad empiezan a aparecer luces mientras sigo con los ojos cerrados, ya no sé en qué momento los cerré o abrí, la gabardina que llevo puesta se ve más poética que desde el inicio de mi muerte, las luces van creciendo como si fueran velas, se hizo clara la imagen, me asomé desde las escaleras doradas que parecían eternas, y abajo había un grupo de personas conocidas, sentadas en filas de sillas incómodas, veía a mi padre, mis hermanos tratando de esconder lágrimas, mis amigos, a ese amigo, a mi primo, mi madre, todos miraban hacia un punto, hacia un ataúd café cálido, y adentro estaba yo, peinado de una manera extraña, con saco y corbata, mi madre me veía dentro del ataúd, con una seriedad triste, recordaba cuando me cantaba canciones para dormir, la de un niño que se le perdió la manzana, mientras que estaba yo en camino al cielo, en esas escaleras, mi padre me veía en el ataúd, hasta que de pronto volteó hacia mi dirección, hacia arriba, de su cara de tristeza salió una sonrisa simple, diciendo tanto, diciendo todo lo necesario, de alguna manera él me podía ver, veía que estaba a punto de subir al cielo, intercambiamos sonrisas, mientras lagrimas escurrían de mi mejilla izquierda, antes de que la lágrima tocara lo que pensaría que fuera el piso, mi padre levantó su dedo índice y su dedo medio, apuntándome hacia mi, ya estábamos conectados, nunca paramos de hacerlo, me sonreía y apuntaba hacia mi, me miraba directo a los ojos, con eso entendí todo. Al ver que mi padre me miraba, me resbalé con el pequeño charco que había dejado de lágrimas, y empecé a caer en las escaleras, mi cabeza pegando contra las escaleras, y mis pies viendo como la luz en lo alto, se iba alejando, cuando ya pensé que no iba a parar de caer, un aroma reconocido me llegó, y una mano cálida y perfecta agarró mi palma, me puso en sus brazos, y comenzó a ir a una velocidad increíble hacia arriba.

    No podía abrir los ojos, pero sentía que íbamos subiendo, hacia la fiesta eterna del cielo, donde pudiera esperar a que llegaras tú.

    Eugenio Gutiérrez, © 2023

Sobre Mí

Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.

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