Martes de insomnio

Eugenio Gutiérrez


Home

  • Versos de asuetos falsos

    Una farsa eterna de chispas constantes apretándome el cuello levitando sobre un cañón argentino. Una cartera vacía que pesa más que el Everest. ¿Habrá que morir para después vivir? La avenida se mueve hacia mí. Se mueve el cielo, se mueve el sol tratando de decir que soy un pendejo. Almas pasadas me rodean, caigo inocente en los pecados del amor. Culpable de todo lo demás, todo lo demás que se asoma por el cuarto piso. Aquellas cortinas amarillas que filtran la peor parte del sol, la que me grita hasta con apellido. El café hace su propósito opuesto, el alcohol solo navega mi flujo sanguíneo sin sentido.

    Soy un idiota que genera ansiedad al verme al espejo.

    Busco respuestas y  preguntas para cagarme de miedo, parece que soy un imán de tragedias, quizá solo tengo que irme yo. Quizá soy el salado.

    Reír entre besos, respirar tambaleando, palpitar irregularmente hasta quedar con la visión borrosa.

    Tendremos que sonreír a un extraño hondureño para un sueldo, cantar sin sentido en la primera clase del lunes para poder beber agua, amar hasta el tope, hasta que las hemorragias me alcancen para poder verla a los ojos, tendré que gritar versos para poder inhalar el oxígeno que me robas. 

    Me merezco escombro, y me regalaste un campo de flores de Ámsterdam. 

    ¿Tendremos que amar hasta no respirar?

    Entonces me asfixiaré sin pretexto.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Ojos como alucinógenos

    En algún rincón de la montaña es donde cada quien se siente seguro, donde el ruido externo se pasa como cascajo. Donde el único sonido que registra mi mente es el de tus párpados amaneciendo.

    Aunque el mañana sea una realidad alterada del presente, no quiero que llegue, quiero que el ahora sea siempre, quiero que el siempre sea presente. Y que seas tú lo eterno. 

    Fuiste tú la que rompió el reloj. La que refleja los rayos del sol sobre la Huasteca. 

    En mi rincón, las luces de la ciudad parecen gotas de una lluvia ácida. Y cada paso que marcan los ciudadanos como termitas devorando un pedazo de madera. Alternando ilusiones cada vez que salen al trabajo en los lunes lluviosos.

    Algo sobre ti me quita el miedo de cerrar los ojos en la oscuridad

    Despertar temprano y verte a tí atravesar los rayos de luz que entran por la cocina, con una camisa de mi olor, que no sea tu talla, que no sea tu estilo, pero que la uses porque te recuerda a mí, y que me abraces aunque aún no puedas abrir los ojos. Ese es mi sueño. Ser parte de tu vida mientras tú ya eres la mía. Usar nuestros ojos como alucinógenos para olvidarnos de los domingos por la noche. 

    Amo tanto sin pensar, me inyecto tu mirada, me hace levitar. 

    Tú eres mi motivo. Eres la razón por la cual se cruzan los mares. Eres este instante. Eres mi fortuna. Eres por lo que sangro, sudo, lloro. Eres la X en mi mapa. Eres la mejor parte de una canción de Peter Gabriel. Eres la razón porque corro toda la carretera 66 de Estados Unidos, y al mismo tiempo eres la razón porque me quedo estático. 

    Circulo la tierra buscando el momento perfecto. Pero quizá lo tiene ella escondido en su bolsillo izquierdo. Quizá dentro de sus ojos está la ecuación que nos salva a todos. Y solo la tengo que ver a los ojos sin parpadear. 

    Creando materia, alucinando reinos.

    Dar una sonrisa, una mirada lagrimosa a veces vale más que cualquier moneda.

    Creo que es de locos, entonces no soy loco, loquísimo.

    Haces que las flores aparezcan alrededor de tu rostro.

    Eres el motivo de mi caminar. Eres la electricidad que pasa por todos mis nervios. Eres mi reacción química.

    Eres mi rincón en la montaña 

    Eres aquella cosa que se acuesta por el oeste todas las tardes a las 6:35pm.

    Eres los fotones de cada estrella que invade mis ojos.

    Eres la que hace que mi lengua patine al hablar.

    Eres la certeza infinita de mis latidos irregulares.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Algo extraño de ti

    Con ella todo tuvo sentido. Un abrazo que duró toda la caminata a la Avenida Constitución. Sus pies nunca tocaron el piso. Yo la cargaba y ni si quiera lo supimos. Me dirigía solo por el sonido de los claxons de los conductores desesperados que cruzan esa calle tres veces al día. 

    Con ella ahora parece que los miércoles se pueden saltar. Que no existen los parciales. Ahora solo existen los momentos en que la miro. Lo que pasa en el exterior es lo que enreda nuestros instantes.

    Porque nuestras palabras se resbalan unas tras otras, sumando renglones a nuestras pupilas.

    Me da ganas de hacer algo repentino, decir que amo a una chica que ni conozco. Invitarla a Bulgaria. O nadar de San Francisco a Australia. Perdernos entre Andrómeda. Arriesgar algo, una migaja, vender el carro y mudarnos a Buenos Aires. Subir el Monte Everest descalzos, abrir un bar en la Avenida Madero, ganar un Oscar, ganar el Balón de Oro. Ganar en cuartos en la Selección Mexicana. Forzar un juego 7 con un equipo de básquetbol de Puerto Rico. Aprender a surfear y ganarle al pelado brasileño por la medalla de oro. Grafitear el palacio gubernamental. Cruzar el Sahara patrocinado por North Face. Sobrevivir una pandemia…

    Encontrar una cura de la depresión dominguense, evitar que mi lengua patine antes de que pronuncie la primera sílaba a una mujer.

    Algo de cómo me habla me quita el miedo a caer, el miedo a cagarla en el penal decisivo de la final de fútbol de la escuela.

    Algo de como camina balancea las dagas que caen sobre nuestras cabezas. 

    Ella evitó el fin del mundo en 2012.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Tabaco con Julieta (sin indumentaria)

    Quedo estático después de relajarme junto a ella, como una escultura del renacimiento, sentado, desnudo a su lado. Ella sigue despeinada, levanta su pierna derecha, yo sigo paralizado tratando de entender lo que acaba de pasar. Me ofrece un cigarro, le digo a Julieta «no fumo”, sonríe con sus clavículas y contesta, “creo que ahora si vas a querer”. Dudo de mis conocimientos adquiridos en pláticas de primaria sobre el uso de drogas, recuerdo aquella banda que puede describir la que estoy apunto de hacer, ¿Si estará tan cabrón? Fumar después de amar a Julieta. Ella saca un paquete de cigarros Camels, y su encendedor rojo que combina con su pelo punzocortante. Extiende su brazo y escojo el cigarro que se ve más cargado de cáncer. Como negarle la palabra a ese acento Sonorense.

    Acomodo el cigarro entre mis labios resecos, ella hace lo mismo, pero de una manera natural. Se ve tan cómoda con toda su piel expuesta sobre el sillón de piel. Prende su cigarro e inhala por primera vez, cierra los ojos al sentir que todo su cuerpo se acelera ante las primeras inhalaciones de tabaco del día. Exhala y una nube de tabaco me cubre el rostro. Sigo paralizado, ya no sé el motivo. Cuando muevo un poco el brazo hacia el encendedor se me cae el cigarro al piso. Ella que está sentada mueve su pierna y levanta el cigarro del piso con los dedos de su pie. Lo mueve despacio hasta que lo acomoda entre mis labios de nuevo, se inclina hacia mi, prende el encendedor de aceite y me enciende el cigarro. Justo cuando hago la primera inhalación mi vista se olvida del cigarro y se enfoca en los labios rojos que tengo a solo centímetros. 

    Siento que el tabaco invade mis pulmones, y cada segundo que pasa pierdo una semana de vida, pero estoy extasiado, estoy sobreestimulado, nicotina, los muslos de Julieta. Quizá solo muero por ella porque ella no muere por mi, aún.

    Su mirada periférica me convierte en gramos de cenizas, me siento como un estúpido. ¿Será que soy? No creo, estoy con Julieta, con la guapa de la prepa. Y me dan ganas de humedecer mi abdomen , siento que estas lágrimas me desvanecen. Cuánto valor se requiere para amar a Julieta, cuánto valdrá olvidarla.    

    A este  cuarto igual que a mí le falta tratamiento, Julieta fuma, voltea a ver por la ventana esta metrópolis de mierda, tenemos las ventanas abiertas, huele a banqueta mojada, ese olor me recuerda cuando mi madre me decía que me enfermaría si salía a correr en la lluvia con mis primos.  Pasan carros con motores con falta de mantenimiento sobre baches que el gobierno pone en las calles para joderte el día. Son de esos climas que a huevo solo suceden en un miércoles o un sábado. Me miro en el espejo, dudando. Dudando si mi yo de primaria estaría orgulloso de mí. Con un cigarro en la boca, sin ropa, despeinado, débil. Julieta ya está en su segundo cigarro y yo sigo contemplando el primero, me pregunto si será el último. Me pregunto si Julieta vale la pena. Me pregunto si sabe mi nombre.  

    Mi primer cigarro ya duró un partido promedio de Wimbledon, el espejo sigue proyectando un pendejo. Julieta ve su celular. Mis vértebras se fusionan con el sillón de piel. Julieta me enseña las encías mientras trato de mover mis pestañas. Tratando de reaccionar. Paralizado por su cadera, y por la sustancia que tengo en el cerebro. Apenas logro mover el brazo unos  milímetros para quitar y poner ese maldito demonio de mi boca. Me pregunto si vale la pena esta sensación momentánea. Sí vale la pena, sus ojos me comparten los secretos de la naturaleza, y su pelo me hipnotiza.

    Por un sólo instante noté un cambio en la mirada de Julieta. Observé cómo veía la avenida de la ciudad, anochecía oliendo a gotas contaminadas por los gritos de mierda que lanzamos hacia las nubes. 

     El cigarro quema mis falanges. No sé qué haré mañana, pero siento que habrá cigarros y alabanzas. Quiero que me bese el cuello como si no existieran las semanas, como si la música fuera una farsa. Junto a ella quiero correr a través de huracanes y reescribir las leyes romanas.

    Odié el primer cigarro, ahora tengo el reemplazo de la nicotina.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Chispas

    En la flama encontré sentido. Por tantos lustros le vi la cara de antagonista, ahora le veo la cara de un cachorro lleno de cenizas. Recuerdo flamas pasadas, esas que se amaban más a ellas mismas, las que ni sabía que eran flamables hasta que causaron que la Sierra Madre recordará la Semana Santa de 1998.

    Pero las quemaduras duran hasta que decidimos curarlas. Las lluvias intentan hacerme algo. Las tormentas entran al desierto, derrumban las dunas para intentar que levante la mirada.

    Así que ahora me asfixio hasta el punto de recordarte.

    Trato de encontrarle sentido al cielo, pero sólo me guiña. Trato de mirar a las sombras que me rodean, buscando una expresión facial. Intento pensar que me espera un día especial.

    Pienso si es bueno mudarse de vez en cuando, trasladarse de una  región a otra, intentando encontrar esas expresiones faciales en el espejo en lugar de las sombras que aparecen hoy.

    Después de todo, lo único que encuentro detrás de cada esquina es su mirada que quiere convencerme que hay cosas valiosas que olvido por pasar los segundos intentando ser feliz. Ella me ve con desesperación, quiere que le regrese la mirada o que al menos con mis párpados le mande un poema en código morse.   

    Chispas me cubren la mirada. Veo historias pasadas en cada partícula, memorias de tiempos más libres. ¿Qué será más perfecto que vivir ahora? Repito en mi mente que hoy es un regalo. Que huracanes, incendios y tsunamis me han tratado de derrumbar. Pero ahora me toca bailar en la tormenta y manipular el fuego.  

    Sonrío un poco al ver lo que tengo alrededor. ¿Por qué pedir más? Si aquí tengo todo el valor del universo.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Climas agridulces

    Me dirijo hacia el corazón del desierto. Atado a un asiento de camión escolar, gotas saladas me refrescan las mejillas, mi cabello seco no me permite abrir los ojos. Tengo un paliacate negro metido en la boca. Trato de mover mis manos pero mi piel se destroza al al tallarse con el mecate, seguro del rancho de quien va manejando.. 

    Volteo alrededor, mi asiento es el único que tiene la cortina de la ventana abierta, el sol coahuilense haciendo sus deberes diarios de matar a turistas norteados, extinguiendo plantas, descomponiendo motores de carros. 

    Pienso en morir, ¿qué puede estar peor que esto? ¿Qué hice para terminar aquí? 

    Pienso en el clima frío de mi salón de computación en la primaria. El frío del sabalito de limón de la cafetería, el frío prometido que nunca se cumplió en el salón de historia.

    Y ahora estoy donde nunca, ojalá me lleven a Monclova, ojalá sea mi padre el conductor, ojalá el sudor sólo sea por el sol, ojalá la sangre que sienta en las costillas sea jamaica de mi abuela.

    Intento sacar telarañas de mi muñeca, para saber si mis deseos de cumpleaños de ser el hombre araña se pueden cumplir cuando más los necesito.

    No siento mis piernas, mis zapatos no existen. Estoy descalzo pero sin un dedo del pie. Estoy sangrando de todas las partes del cuerpo. Estoy vacío, la sangre cambia el color del asiento lleno de polvo. 

    Me pregunto si existe el paraíso. Si esto es lo más bajo que alguien puede estar, ¿cuál sería el lugar más alto?

    No tengo miedo, sé quién estará esperándome al caer. El camión sigue avanzando parece ir a la deriva, rodeado de fantasmas. 

    Ya no puedo abrir los ojos, no siento mi cuerpo, sólo siento mis pestañas contraerse. Dos brazos me quitan del asiento y me mueven a la puerta del camión. Ya sé que es lo que sigue. Le pido a todos los santos que me salven, que me den otro día, otra hora más. Otra hora más para abrazar, para mirar. Pero no pasa nada. Lo que queda de mis pies hace fricción con el polvo del pasillo. Recuerdo cuando quería ir a todos los parques nacionales estadounidenses con mi padre. Quizá sí pasó y no lo recuerdo.

    Los brazos que me cargan me bajan del camión y me sueltan en la arena. No sé cuánto tiempo pasa hasta que oigo los cascabeles de serpientes locales. No recuerdo mi edad, sólo algunas memorias se quedan en mi mente mientras siento el atardecer asomarse por última vez, lo siento en el cuello quemarme por última vez.  

    Todos los recuerdos de infancia sobresalen en la muerte, los olores y sonidos de los sábados, los miércoles de lluvias, los arcoíris que salían de las nubes y se quedaban por el tiempo necesario para que se lo platicara a mi abuela. 

    Ahí estaré, tratando de esperar esos arcoíris. Bailando en la tormenta, esperando que llegues tú para que el sol salga un poco.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Acertijos tabulados

    ¿Será de locos asumir que se ama sin querer? 

    Sí, estás loco. 

    Sólo me gustó tu mirada y ahora estamos por empezar una boda.

    A ver, ¿estás diciendo que los últimos cuatro años nunca me amaste?

    No, estoy diciendo que quizá en búsqueda de estrellas me quedé con una piedra simple de la luna.

    ¿Qué estás diciendo?

    ¿Quién fue tu primer amor? Y no digas que fui yo, ¿ a quién amaste en prepa, en la carrera?

    Sí lo recuerdo. Se llamaba Javier.

    Querida, creo que no he olvidado a mi primer amor.

    Porque no me habías dicho antes.

    No sabía que seguía sintiendo eso, hasta que la acabo de ver buscar su lugar en la cuarta fila. Tiene un vestido azul. El mismo que llevó a la graduación. Encontró mis ojos y creo que esa mirada la puedo ver desde Andrómeda. 

    A ver puñetas, es nuestro día de bodas, ahí está esa doña que te enamoraste hace un lustro, y ahí está la puerta. Diría que haz lo que deseé tu corazón, pero no quiero sonar como pinche caricatura. Así que haz lo que… haz lo que quieras.

    Quizá el primer amor es el más poderoso. O quizá solo fueron los poderes de Bryan Adams combinado con ese vestido.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Quizá hoy

    A veces todo tiene sentido. A veces sientes los eclipses alinearse a tu favor. A veces sientes las miradas como diamantes escondidos. A veces me encuentro sonriendo para ver quien me reconoce. A veces todo lo anterior es una farsa. A veces enseño los dientes porque no encuentro otra manera de esparcir lo que siento, lo que amo. A veces te amo ahora. 

    Todo parece acomodarse cuando llegas al final del arcoíris. Suena la canción deseada en mi mente, veo el atardecer representar toda mi vida. Como si fuera el último. Como si fuera el primero. Como si fuera ahora.

    Quizá hoy volaremos dentro de las partituras de Bach, en las melodías de Queen, en los pensamientos de García Márquez, en tú ático, en la última temporada, en la última Navidad, en esa con el final feliz. ¿Ese existe, no? Madres, bueno chingue su madre. 

    Dejemos de impedir el final, llegará junto a esa canción de outro, junto a tu cabeza, junto al atardecer, junto al principio nuevo que es el mañana, el amanecer que me da verte sonreír.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Civilizaciones en su pierna izquierda

    Lucho por ese momento en que la veo caminar sobre la arena. La arena habita en una parte de su pierna izquierda. Camina hacía mi y siento todo el amor de mis ancestros, siento sus ojos romper los lentes de sol de Ray-Ban que su padre le ha comprado de cumpleaños.

    ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué playa es esta?, sólo la veo tatuar miradas sobre mi piel. Veo sus pies romper civilizaciones en la arena. Se acomoda el pelo de una manera natural (todo lo que hace es perfecto). Viene de un video de MTV, escucho en algún radio lejano una canción en español que describe la situación en la que estoy, quizá haya miles de canciones que lo hagan.

    Aquí en el calor tropical siento su mirada que causa incendios, su cadera me explota en mis retinas. No sé si estoy vivo o ella me ha matado. Se ha quedado estática a unos pasos de mi. ¿Ahora qué hago? ¿Qué le digo? ¿Cómo hago para que el tiempo se descongele? ¿Le parpadeo tres veces? ¿Le invito un trago? ¿La miro más fuerte? ¿Le sonrío con pasión? ¿Corro hacia ella?. Quizá no se ha congelado el tiempo y sólo se me está quedando viendo y yo me estoy viendo como un puñetas tratando de pensar qué decir. 

    Que no se vaya. Que me platique sobre sus problemas y la liga negra en la muñeca. Que nos quedemos paralizados hasta que no haya sol en la playa. 

    Que me comparta lo que escribe en su libreta. Que Dire Straits comience a tocar. Que su mirada comparta el mismo ángulo que la mía. Que sea eterno el motivo. Que las oraciones se acomplejen. Que las olas complementen mis palabras y mis suspiros se alineen con los rayos del sol.

    ¿Por qué enseñar los dientes y separar los labios causa tanta guerra civil? Porque fuiste tú la que enseñó los dientes.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

  • Ahora es eterno

    Ayer quizá fue igual, pero mañana cambiará. Mañana soñaremos junto a los ángeles que vuelan  aquí en el valle de las esperanzas. 

    ¿Qué día es? Qué importa, que sea quincena, que sea junta de resultados, que sea primero de enero. Nada me va a quitar este gozo de sentir el ahora. El ahora es esta conversación, es este abrazo. El ahora somos tú y yo teniendo una conversación sobre la multitud, el ahora es la lluvia paralizada. El ahora es un parpadeo dentro de un tornado, un respiro en un tsunami. ¿Entonces quién soy yo? Un pibe que muere por respuestas a las preguntas que aparecen en las estrellas, esas que parpadean en código morse para decirme que la estoy cagando. 

    ¿Ayer? Ayer no importa pelotudo, no ves que ahora es siempre, esta mirada dura toda la vida. No ves que perdemos vida durmiendo, perdemos vida estando sin sonreír.

    Las cosas no tienen sentido, pero por primera vez me doy cuenta que no le tenemos que poner sentido, ¿entiendes? Baila, nada en un lago desconocido sin ropa, no duermas, despéinate, ama sin límite, mira con pasión, abraza con fuerza. Se amable, llora de vez en cuando, corre. Corre por siempre, corre hasta que tus piernas se separen de tu torso, corre hasta que no sepas dónde estés.

    Quizá que ahora en este mundo de concreto, el tiempo pase más rápido, así que vivamos más lento.

    Eugenio Gutiérrez, © 2024

Sobre Mí

Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.

Newsletter