
Quedo estático después de relajarme junto a ella, como una escultura del renacimiento, sentado, desnudo a su lado. Ella sigue despeinada, levanta su pierna derecha, yo sigo paralizado tratando de entender lo que acaba de pasar. Me ofrece un cigarro, le digo a Julieta «no fumo”, sonríe con sus clavículas y contesta, “creo que ahora si vas a querer”. Dudo de mis conocimientos adquiridos en pláticas de primaria sobre el uso de drogas, recuerdo aquella banda que puede describir la que estoy apunto de hacer, ¿Si estará tan cabrón? Fumar después de amar a Julieta. Ella saca un paquete de cigarros Camels, y su encendedor rojo que combina con su pelo punzocortante. Extiende su brazo y escojo el cigarro que se ve más cargado de cáncer. Como negarle la palabra a ese acento Sonorense.
Acomodo el cigarro entre mis labios resecos, ella hace lo mismo, pero de una manera natural. Se ve tan cómoda con toda su piel expuesta sobre el sillón de piel. Prende su cigarro e inhala por primera vez, cierra los ojos al sentir que todo su cuerpo se acelera ante las primeras inhalaciones de tabaco del día. Exhala y una nube de tabaco me cubre el rostro. Sigo paralizado, ya no sé el motivo. Cuando muevo un poco el brazo hacia el encendedor se me cae el cigarro al piso. Ella que está sentada mueve su pierna y levanta el cigarro del piso con los dedos de su pie. Lo mueve despacio hasta que lo acomoda entre mis labios de nuevo, se inclina hacia mi, prende el encendedor de aceite y me enciende el cigarro. Justo cuando hago la primera inhalación mi vista se olvida del cigarro y se enfoca en los labios rojos que tengo a solo centímetros.
Siento que el tabaco invade mis pulmones, y cada segundo que pasa pierdo una semana de vida, pero estoy extasiado, estoy sobreestimulado, nicotina, los muslos de Julieta. Quizá solo muero por ella porque ella no muere por mi, aún.
Su mirada periférica me convierte en gramos de cenizas, me siento como un estúpido. ¿Será que soy? No creo, estoy con Julieta, con la guapa de la prepa. Y me dan ganas de humedecer mi abdomen , siento que estas lágrimas me desvanecen. Cuánto valor se requiere para amar a Julieta, cuánto valdrá olvidarla.
A este cuarto igual que a mí le falta tratamiento, Julieta fuma, voltea a ver por la ventana esta metrópolis de mierda, tenemos las ventanas abiertas, huele a banqueta mojada, ese olor me recuerda cuando mi madre me decía que me enfermaría si salía a correr en la lluvia con mis primos. Pasan carros con motores con falta de mantenimiento sobre baches que el gobierno pone en las calles para joderte el día. Son de esos climas que a huevo solo suceden en un miércoles o un sábado. Me miro en el espejo, dudando. Dudando si mi yo de primaria estaría orgulloso de mí. Con un cigarro en la boca, sin ropa, despeinado, débil. Julieta ya está en su segundo cigarro y yo sigo contemplando el primero, me pregunto si será el último. Me pregunto si Julieta vale la pena. Me pregunto si sabe mi nombre.
Mi primer cigarro ya duró un partido promedio de Wimbledon, el espejo sigue proyectando un pendejo. Julieta ve su celular. Mis vértebras se fusionan con el sillón de piel. Julieta me enseña las encías mientras trato de mover mis pestañas. Tratando de reaccionar. Paralizado por su cadera, y por la sustancia que tengo en el cerebro. Apenas logro mover el brazo unos milímetros para quitar y poner ese maldito demonio de mi boca. Me pregunto si vale la pena esta sensación momentánea. Sí vale la pena, sus ojos me comparten los secretos de la naturaleza, y su pelo me hipnotiza.
Por un sólo instante noté un cambio en la mirada de Julieta. Observé cómo veía la avenida de la ciudad, anochecía oliendo a gotas contaminadas por los gritos de mierda que lanzamos hacia las nubes.
El cigarro quema mis falanges. No sé qué haré mañana, pero siento que habrá cigarros y alabanzas. Quiero que me bese el cuello como si no existieran las semanas, como si la música fuera una farsa. Junto a ella quiero correr a través de huracanes y reescribir las leyes romanas.
Odié el primer cigarro, ahora tengo el reemplazo de la nicotina.
Eugenio Gutiérrez, © 2024

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