
Caminábamos hacia dos sillas, no había otras almas en la tierra, sólo existíamos él y yo, me quedé dormido en el fin del mundo. Tener una conversación honesta se percibió más real, una oscuridad nos invadía la visión periférica.
Me acostaba en las sillas de mi escuela. Todo estaba vacío, mis ojos manchados por una tonalidad amarillo y gris. Tenía algo de frío. Caminar por los pasillos de ahí era algo como andar en Times Square vacío. Entré a la oficina de la directora, jugué fútbol. Pude destrozar las sillas, los libros.
Las mentiras no existen. La nostalgia me envolvió las pestañas cuando entré a una casa de los días pasados, olores a polvo me arrancan sangre de la nariz. Las brisas me comandan la mirada
El hombre no es digno de estar con alguien más, la soledad es un atributo del náufrago que somos todos los lunes.
Las verdades no existen, las brisas nos despeinan las palabras, ¿cuándo podremos decir la verdad? ¿Cuando alguien se muera? ¿Cuando sea el fin del mundo?
Las mentiras no existen, las verdades se acercan, los labios se acumulan, las frases románticas se pronuncian como si fueran elogios.
Si las soledades se pudieran elegir, yo estaría en un campo lejano, con árboles llenos de huellas, costas llenas de memorias de primeros pasos, campos de pasto con la inclinación perfecta para soportar nuestras espaldas.
Eugenio Gutiérrez, © 2023

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