Martes de insomnio

Eugenio Gutiérrez


Sobre la muerte

Subo despacio escaleras doradas que llegan al festival del cielo, al misterio del después del último respiro, recuerdo lo que me cambió, recuerdo cuando me di cuenta que todos morirán. 

Veo la oscuridad alrededor de mi, siendo espectadora a mi escalada, cada escalón me muestra una memoria, mi padre enseñándome manejar, yo contándole a un amigo de cuando me rompieron el alma. 

Las letras que escribí son lentamente tatuadas en mi cuerpo, trato de fingir dolor, pero al ver que no hay nadie alrededor de mi, me lo guardo. De pronto me siento seguro de mi mismo, de pronto me arrepiento de no dar un abrazo, de no interpretar una mirada de manera explosiva, de pronto la sal de las escaleras me derrumba, se me abre la cabeza, ahora veo oscuridad a causa de que mis pestañas no quieren abrirse, me siento como después de bañarme en la madrugada, frío, caliente, confundido, con ganas de no moverme.

Recuerdo todas las personas que me quieren, gritando mi nombre, gritando pequeños elogios como si fuera mi funeral. Dentro de la oscuridad empiezan a aparecer luces mientras sigo con los ojos cerrados, ya no sé en qué momento los cerré o abrí, la gabardina que llevo puesta se ve más poética que desde el inicio de mi muerte, las luces van creciendo como si fueran velas, se hizo clara la imagen, me asomé desde las escaleras doradas que parecían eternas, y abajo había un grupo de personas conocidas, sentadas en filas de sillas incómodas, veía a mi padre, mis hermanos tratando de esconder lágrimas, mis amigos, a ese amigo, a mi primo, mi madre, todos miraban hacia un punto, hacia un ataúd café cálido, y adentro estaba yo, peinado de una manera extraña, con saco y corbata, mi madre me veía dentro del ataúd, con una seriedad triste, recordaba cuando me cantaba canciones para dormir, la de un niño que se le perdió la manzana, mientras que estaba yo en camino al cielo, en esas escaleras, mi padre me veía en el ataúd, hasta que de pronto volteó hacia mi dirección, hacia arriba, de su cara de tristeza salió una sonrisa simple, diciendo tanto, diciendo todo lo necesario, de alguna manera él me podía ver, veía que estaba a punto de subir al cielo, intercambiamos sonrisas, mientras lagrimas escurrían de mi mejilla izquierda, antes de que la lágrima tocara lo que pensaría que fuera el piso, mi padre levantó su dedo índice y su dedo medio, apuntándome hacia mi, ya estábamos conectados, nunca paramos de hacerlo, me sonreía y apuntaba hacia mi, me miraba directo a los ojos, con eso entendí todo. Al ver que mi padre me miraba, me resbalé con el pequeño charco que había dejado de lágrimas, y empecé a caer en las escaleras, mi cabeza pegando contra las escaleras, y mis pies viendo como la luz en lo alto, se iba alejando, cuando ya pensé que no iba a parar de caer, un aroma reconocido me llegó, y una mano cálida y perfecta agarró mi palma, me puso en sus brazos, y comenzó a ir a una velocidad increíble hacia arriba.

No podía abrir los ojos, pero sentía que íbamos subiendo, hacia la fiesta eterna del cielo, donde pudiera esperar a que llegaras tú.

Eugenio Gutiérrez, © 2023



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Sobre Mí

Soy Eugenio Gutiérrez y mis ojos están llenos de historias.

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